La niña que quería volar
Nací en Guatemala en 1967, hija de una madre italiana y un padre guatemalteco. Llegué al mundo dentro de una familia compleja, marcada por normas estrictas, silencios y circunstancias que durante muchos años no supe cómo nombrar.
Era la menor de tres hermanos.
Desde muy pequeña comprendí que había cosas de las que no se hablaba.
Mis padres nos mantenían apartados de buena parte de la vida social porque no éramos hijos legítimos. Demasiado pequeña para entender las conversaciones de los adultos, pero no para sentir sus consecuencias.
Las sentía.
Había algo que debía esconderse. Algo que nos separaba de los demás. Algo que parecía recordarme que nuestra existencia debía permanecer al margen.
Y eso dolía.
Dolía profundamente, aunque aprendí muy pronto a guardar ese dolor en silencio.
Tal vez allí comenzó una parte importante de mi carácter: en la necesidad de observar, de comprender lo que nadie explicaba y de encontrar dentro de mí una manera de sobrevivir a aquello que no podía cambiar.
Crecí en una familia fracturada, pero llena de vida.
Inquieta, traviesa, curiosa, me costaba permanecer quieta porque la imaginación siempre estaba en otra parte. Mientras el mundo adulto parecía hecho de reglas y secretos, el mío estaba lleno de posibilidades.
Soñaba.
Soñaba muchísimo.
Mi héroe era Peter Pan.
No creo que fuera casualidad.
Peter Pan podía hacer aquello que más deseaba: volar.
También quería volar.
Elevarme por encima de lo que no entendía, conocer otros lugares, otras personas, otras maneras de vivir. Descubrir qué había más allá de mi casa, de Guatemala, de ese pequeño universo que entonces era toda mi realidad.
Todavía puedo verme en aquellas noches.
Me acercaba a la ventana y apoyaba el rostro en el vidrio frío.
Afuera estaba la luna.
La miraba y comenzaba a moverme de un lado al otro. Entonces ocurría algo maravilloso: la luna se movía conmigo.
Si avanzaba, ella seguía.
Si cambiaba de dirección, también lo hacía.
Estaba convencida de que la luna me seguía a mí.
Entre todas las personas del mundo, me había elegido.
Aquella idea me hacía sentir especial.
En una vida donde muchas veces me sentía escondida, había algo enorme y luminoso en el cielo que parecía decir lo contrario:
«Yo te veo».
Quizá por eso nunca olvidé aquella luna.
Era una complicidad silenciosa entre el universo y yo.
Desde muy niña pensaba:
«Algún día quiero ser una gran mujer».
No sabía qué significaban esas palabras.
¿Qué era una gran mujer?
No tenía respuesta.
No sabía si era ser importante, independiente, inteligente, admirada o simplemente libre.
Solo sabía que quería crecer y convertirme en alguien.
Había en mí una fuerza difícil de explicar. La sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que veía desde aquella ventana y de que, de algún modo, algún día tendría que salir a descubrirlo.
Mis padres repetían:
«Sueña, porque los sueños nadie te los puede quitar».
Aquella frase quedó dentro de mí.
Pero no me dijeron algo esencial.
No me dijeron que los sueños también se persiguen.
Que se construyen.
Que una niña puede pasar años imaginando una vida y, sin darse cuenta, empezar a caminar hacia ella.
Eso tuve que descubrirlo sola.
Desde pequeña, ciertas palabras tuvieron un significado especial:
Justicia.
Amor.
Aprender.
Crecer.
La justicia me inquietaba. Cuando un niño percibe que algo no está bien, aunque no pueda explicarlo, desarrolla una sensibilidad particular hacia lo justo y lo injusto.
Observaba mucho.
También quería aprender a hablar bien. Me fascinaban las palabras hermosas, la forma en que algunas personas pronunciaban, el tono de una voz, la elegancia de una idea.
Miraba la televisión y escuchaba.
Cuando una palabra me parecía bella, la repetía en silencio.
Una vez.
Otra vez.
Imitaba su sonido, su ritmo.
Quería hablar como imaginaba que hablaba una dama.
Era mi escuela secreta.
Nadie me lo enseñó.
Simplemente lo hacía.
Y en esa niña crecía otra certeza: quería hablar de cosas lindas.
No porque desconociera la tristeza.
La conocía demasiado bien.
Precisamente por eso buscaba la belleza.
Con el tiempo descubrí otra herramienta: la sonrisa.
Aprendí que podía abrir caminos.
Acercar personas, suavizar momentos, abrir puertas que parecían cerradas.
Esa sonrisa me acompañó siempre.
Pero detrás de ella había una historia.
Mi infancia no fue fácil.
En casa me llamaban «la negrita».
Odiaba ese nombre.
Me hacía sentir diferente, menos visible. Y una palabra pequeña puede volverse enorme en la infancia.
Así que busqué otra forma de existir.
Si no era por la belleza, sería por la simpatía.
Por la personalidad.
Por la manera de acercarme a los demás.
Por la sonrisa.
Sin saberlo, aprendía una de las primeras lecciones de la vida: lo que creemos que nos falta puede obligarnos a descubrir lo que realmente tenemos.
Tenía curiosidad.
Imaginación.
Carácter.
Una enorme necesidad de querer y ser querida.
Y la sonrisa.
También hubo tristeza.
Mucha.
Lágrimas guardadas en silencio, preguntas sin respuesta.
Hoy entiendo que esas lágrimas hicieron algo en mí.
Ablandaron el corazón.
Me hicieron sensible al dolor ajeno.
Me enseñaron a observar.
A comprender que detrás de una sonrisa puede haber una historia invisible.
Y allí, sin saberlo, comenzó a formarse mi manera de mirar el mundo.
Durante años pensé que solo había sido una niña inquieta que soñaba demasiado.
Ahora sé que aquella imaginación era libertad.
Cuando la realidad era pequeña, imaginaba.
Cuando dolía, inventaba.
Cuando me sentía escondida, miraba la luna.
Cuando no me sentía suficiente, sonreía.
Cuando faltaban palabras, las buscaba.
Y cuando aún no podía viajar, volaba.
Con Peter Pan.
Con la luna.
Hacia lugares que no conocía, hacia vidas que aún no existían.
Muchos años después entendí que ese deseo nunca desapareció.
Solo cambió de forma.
La niña frente a la ventana creció.
Salió al mundo.
Aprendió.
Se equivocó.
Amó.
Lloró.
Viajó.
Abrió puertas.
Y siguió buscando belleza incluso donde no la había.
Quizá ser una gran mujer nunca significó ser importante.
Quizá significaba algo más difícil:
Atreverse a vivir.
Y cuando regreso a aquella habitación, todavía la veo.
Una niña frente a la ventana.
El rostro en el vidrio frío.
La mirada en el cielo.
Y la luna siguiéndola.
No sabe aún hacia dónde irá.
No sabe quién será.
Solo sabe una cosa:
Algún día va a volar.